¿No parece sospechoso, o por lo menos hipócrita el dramático llamado a la “solidaridad” y a la “protección de la vida” de nuestras democracias neoliberales para enfrentar la crisis por la expansión del Covid-19? ¿Qué ha tenido que suceder para que regímenes y sociedades indolentes a cientos de millones de muertes, dramas humanos, catástrofes ambientales, en menos de una semana hallaran la “empatía” empolvada en el fondo del enorme baúl de los privilegios?

A diferencia del ingenuo optimismo de quienes romantizan el confinamiento y ven en las medidas medievales de nuestros gobiernos alguna forma de solidaridad, la verdad que se descubre tras la explotación emocional de una amenaza, incuestionablemente real, es que nuestros regímenes, y la mayor parte de sus electores y simpatizantes, son radicalmente egoístas, oportunistas e hipócritas: lo que llaman solidaridad, es realmente el miedo y la inseguridad de las clases privilegiadas que, sobre todas las cosas, procuran evitar someterse a los riesgos que son moneda corriente para las clases populares.

En la mayor parte de nuestras democracias, la reacción de la maquinaria estatal y de la opinión pública es absolutamente desproporcionada si se trata de una amenaza que recae sobre las clases baja y media-baja (aproximadamente 75% de la población en países latinoamericanos), o si se trata de una amenaza que además afectaría al 25% adicional de propietarios, industriales, financieros y dueños de los grandes capitales. Al cruzar este umbral la reacción de las instituciones y la opinión pública pasa, en apenas unos cuantos días de 0 a 100: frente al primer tipo de amenazas, el Estado se muestra absolutamente ineficiente, excusando la ausencia de voluntad política en mil y un argumentos tecnocráticos. Pero una vez la amenaza cruza la barrera “inviolable” de los intereses de la propiedad y los propietarios aparece entonces el Gran Leviatán capaz de clausurar y ordenar el confinamiento de países enteros con un propósito humanista y grandilocuente: ¡hay que proteger la vida!

Y bien, ¿la vida de quién? ¿Acaso de las más de 1.427.535 personas que hasta 2019 habían muerto en Colombia por falta de atención en los hospitales públicos o de 180.000 colombianos hospitalizados que mueren al año por las deficiencias en la atención?[1] ¿de los casi 270.000 muertos que ha dejado el conflicto armado colombiano con sus casi 8.000.000 de desplazados[2]; o de los interminables casos de víctimas de feminicidio y asesinato de líderes sociales; de los miles de niños muertos por desnutrición; o los cientos de personas privadas de la libertad fallecidas por intoxicaciones, negligencia médica y condiciones de insalubridad en cárceles y penitenciarías?

Ya Thomas Hobbes, hace siglos, traducía las enigmáticas palabras del Estado. Cuando el Estado dice “hay que proteger la vida”, no habla ingenuamente de la vida de los ciudadanos; habla de “proteger la vida del Estado”. Para este propósito fundamental, el Estado está habilitado para decidir entre quien vive y quien muere. Pero inevitablemente, la “vida” del Estado neoliberal depende y se alimenta de la propiedad y el capital. De esta forma, la experiencia nos muestra la respuesta de las democracias contemporáneas: el país no se clausura por cualquier “nimiedad”, sino por una amenaza real a la vida del Estado, esto es, por una amenaza real a la vida y el bienestar de la propiedad y los propietarios.

En este sentido, tras la hipocresía de sus argumentos moralistas y la eficacia de sus medidas policiales, lo que buscan proteger nuestras democracias neoliberales es indudablemente la vida de los ancianos burgueses y la salud de las clases propietarias: todo lo demás nunca ha importado demasiado. Y si aún lo dudamos, basta con echar un vistazo a las calles semi vacías para darnos cuenta, al lado del personal sanitario, quienes se exponen en primera línea al contagio y a las amenazas del virus: campesinos y trabajadores rurales responsables por garantizar el abastecimiento de alimentos en las ciudades; transportadores, cargadores y vendedores de centrales mayoristas y supermercados; personal de vigilancia y aseo con permiso para desplazarse a los barrios burgueses para garantizar la “tranquilidad” de sus habitantes; policías y trabajadores informales precarizados por las plataformas digitales de domicilios; personas sin domicilio fijo y vendedores informales que no pueden permitirse el confinamiento, entre otros. Y con ellos, por supuesto, todas sus familias. No se requiere un gran esfuerzo para darnos cuenta de que, al fin y al cabo, y sin vergüenza, ya nuestras democracias han tomado, de una u otra manera, la decisión sobre quien se enfrentará inevitablemente a las amenazas del virus y a las deficiencias de nuestros sistemas públicos de salud. Sistemas sanitarios que, por lo menos en gran parte de América Latina, hace muchos años se encuentran colapsados.

Como decía Nietzsche, la experiencia de una nueva crisis nos enseña que en los argumentos engañosos de quienes nos gobiernan “ha sido inventada, para muchos, una muerte que se precia de ser vida: en realidad, un servicio íntimo para todos los predicadores de la muerte, una servidumbre a la medida del deseo de todos los predicadores de la muerte.”

En lugar de ponernos entonces al servicio de la hipocresía de una solidaridad manchada de clasismo, en lugar de alabar decisiones y medidas policiales y disciplinarias que se toman desde el punto de vista del privilegio de la tecnocracia exponiendo a un mayor peligro a las clases populares, y en lugar de despolitizar la crisis del Covid-19 como una crisis que “afectaría a todos por igual”; aprovechemos la oportunidad para construir solidaridades activas y eficaces, y alzar la voz ante las injusticias que se esconden tras la hipocresía de los discursos y muchas de las medidas sanitarias y “humanitarias” con que nuestros gobiernos buscan hacer frente a la crisis. En la medida de lo posible, intentemos formar redes de solidaridad en nuestros barrios, poniéndonos a disposición de las personas y las familias más expuestas para hacer sus compras, asegurar su sustento y su compañía. Tratemos de fortalecer los vínculos solidarios y no dejar a nadie solo ni aislado. Además del virus, debemos reconocer en la inseguridad alimentaria, la disminución de los ingresos de nuestros vecinos y amigos, la ausencia de servicios públicos, la falta o la pérdida de la vivienda, los despidos por motivo de la urgencia sanitaria, la soledad, el aislamiento, entre otros, enemigos que debemos igualmente empeñarnos en combatir.

[1] Ver: https://jorgerobledo.com/wp-content/uploads/2019/02/Salud-Bogota.pdf

[2] Ver: https://www.unidadvictimas.gov.co/es/registro-unico-de-victimas-ruv/37394

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